Un pulso propio
Lunes
Camino a la par de una mujer que va con su perro, un labrador hermoso con un pelo radiante. Huelo su shampoo. Camino y aparece la voz de mi viejo y sus mil refranes: no hay prenda que no se parezca al dueño.
Son recursos de mi mente para sortear la incomodidad, pero al mismo tiempo es inevitable esta paridad que se produce al caminar porque naturalmente vamos al mismo ritmo y no hay mucho que se pueda hacer. Ella está claramente fuera de mis posibilidades, al menos estéticamente somos dos planetas diferentes. Yo le envidio a la chica, mientras seguimos caminando a la par, cosas puntuales como los brazos flacos pero bien marcados, la espalda bien derecha, el perro y también que este tan al pedo este lunes a la tarde, aunque en eso estamos parejos.
Ella acelera el paso pero al final es el perro el que decide por nosotros, porque frena para oler una meada y entonces seguimos caminando a la par. Pasa lo mismo un par de veces más.
Cuando ella dobla y se termina la historia, a mi se me viene una melodía que dice “eres para mi, me lo ha dicho el perro, eres para mi”. Se me ocurre a destiempo, pero eso no me da bronca. Siempre estuve acostumbrado a que lo bueno venga después.
Sigo pensando en todo lo que pasó por mi cabeza en estas dos cuadras: mi viejo, mi adolescencia, mi autoestima, el tiempo de la gente que está libre, los planetas, la peluquería canina, la evolución de la ropa deportiva.
Lo otro que pienso es cuando dejara de caer esa mierda que cae de los árboles.
Martes
Escucho conversaciones
Un camionero le pregunta a un colectivero: ¿Para ir al Obelisco? Estamos atrás de la Casa Rosada, a bordo de un 62. El chofer le explica así nomás y acelera. Yo me quedo pensando en la frase: “Para ir al Obelisco” omite una parte esencial, qué es “cómo hago…”.
Otra más. En la Recova de Posadas, uno dice “…al argentino le conviene más irse de vacaciones a Brasil que a la Costa Atlántica”. L as cuadras siguientes me la paso en lo peligrosos que son los difusores de teorías boludas. Al argentino no le conviene irse a Brasil por una cuestión económica: es más barato ir a Mar del Plata, es más lindo ir a las playas de Brasil. Punto.
El problema son los boludos.
Miércoles
Estoy en un bar y entran dos pájaros. Molestan pero no tanto. No hay mucho que se pueda hacer para sacarlos. Se van a ir solos. La gente no parece incómoda pero algo en el ritmo cotidiano de la mañana en ese bar se ha roto.
Voy al baño como para hacer algo, que pase el tiempo, que se vayan los pájaros, y advierto que volvieron a poner los carteles de Hombre y Mujer. Antes habían hecho una cosa unisex y un cartel que decía que cada uno podía elegir el baño que quisiera. Me parecía bien eso, no tener que esperar si alguno estaba ocupado. Pero también me parece bien ahora, que volvieron a la forma tradicional.
A veces me cuesta explicar que estoy a favor de dos cosas contrapuestas. Diría que es la más habitual de mis formas.
Por la mudanza tomo colectivos nuevos, aprendo recorridos, frecuencias y costumbres para la rutina cotidiana. Para ir a la escuela, cambiamos el eficaz 67 por el no menos cumplidor 62.
Vuelvo del trabajo en el 111 pero el chofer anuncia que debe terminar su recorrido en Tribunales. Me bajo del colectivo sin creerle pero enseguida decido aprovechar la ocasión para caminar por la ciudad con música. Escucho un disco viejo de Fito Páez y todo me parece maravilloso, un súbito despertar del optimismo que me permite encontrar vitalidad y belleza en todo: la plaza de Tribunales, el Teatro Colón, los trabajadores volviendo a sus casas, los taxistas desesperados, las citas, la trampa, aun la gente que vive en la calle y se prepara para afrontar la noche, es difícil explicarlo pero así resulta, veo un pulso vital en cada cosa que se me cruza.
Sigo hasta el Obelisco y efectivamente a partir de Diagonal Norte está todo cortado, pero no veo manifestaciones ni nada que amerite semejante operativo. Pregunto a un policía y no me da información, le digo que soy periodista y me dice que hable con el superior, yo no tengo intenciones de hablar con nadie, ni siquiera sé por qué le pregunté ni de dónde salió ese impulso, ni siquiera me siento periodista pero empieza a construirse en mi una sensación de incomodidad que borra todo lo anterior, la sospecha de que algo más grave está pasando: hay una toma de rehenes que nadie quiere mostrar, o están los camiones de caudales llevándose los dólares y el oro, Diagonal Norte sin gente, sin auto, es una especie de apocalipsis que me hace acordar al libro El Día de los Drones, algo está pasando y no sabemos qué es. Del pulso vital al pulso de la desconfianza.
Llego a casa y no le cuento nada a Sol. Pongo la música que venía escuchando en los parlantes, tomamos un vino. ¿Cómo te fue? Bien.
Jueves
Vinieron a la casa nueva los fumigadores: la misión es evitar que vuelva a entrar un murciélago, como el que entró el primer sábado de tormenta. Llegan tres tipos, desarman los taparrollos y repiten un proceso que implica limpiar, buscar nidos, instalar veneno, cerrar el taparrollo y poner silicona y burletes.
Son tres personajes adorables, pero detecto enseguida que dos no van a hablar salvo entre ellos. El tercero habla por los otros dos y le pregunto por usos y costumbres de los murciélagos, si había nidos, a qué hora salen, a que hora vuelve, cómo es la caca, qué comen, cuánto viven.
El tipo habla con seguridad sobre el tema y evacúa todas mis dudas. Es importante la seguridad.
Viernes
Escribo tarde y cansado. En la mesa en donde está la computadora Sol puso unas flores secas que dan un perfume hermoso, que me hace acordar a mi casa natal. Es un perfume entrañable, que huele como el Parque de Mayo, el Club Sportiva, mi infancia, mi adolescencia. También mi madre.
Vengo de un asado en el que alguien contó la historia de un escritor que volvió a Polonia, a su pueblo arrasado por los nazis. El tipo se desespera porque no queda nada, ni su casa, ni la de sus vecinos, ni su escuela, ni la plaza en la que jugaba. Nada está como entonces. “Solo el agua del pozo tiene el mismo sabor”, dice.
Estamos en una terraza, cerca de Aeroparque. A mi me distraen los aviones, estoy en la charla pero también en el ritmo de los aviones que llegan y salen, como una respiración, un pulso propio. Mi manera de estar.
Dejamos acá







Escribís con una sencillez cautivadora. Y un disparador de pensamientos porque si. Y lo bien que hacen esos.
Espero muy seguido tus escritos. No me gusta la palabra newsletter.
Me encantó, Diego. Es muy interesante tu punto de vista.
Hace rato vengo con la idea de un diario. Apuntar cosas mínimas. A vos te sale hermoso.
Soy muy del "bien" cuando mi novio me pregunta …cómo te fue? Y sin embargo hay un montón para contar.