La chica Carioca
Salí a correr el domingo a la tardecita, tuve que hacer un esfuerzo notable pero mientras corría me vinieron ideas para volver a escribir. No sé que vino primero, si las ganas de escribir o la culpa por no estar escribiendo. No importa, mientras trotaba y cambiaba el aire en los primeros 10 o 15 minutos sentí también que empezaba a encontrar temas para reactivar la escritura.
Para empezar, la idea de que estaba corriendo a una hora diferente a la que suelo hacerlo (no me gusta cómo está redactada esa oración pero no me quiero trabar con la reescritura y la corrección; la fuga es para adelante). Decía, suelo correr a la mañana (o debería decir, solía correr a la mañana, porque tengo un trabajo nuevo que me desacomodó un poco los horarios; sigo) y uno se acostumbra a los personajes que se va cruzando. A mi me gusta ponerles nombres, saludarlos de manera imaginaria, como si me reencontrara con viejos amigos de una rutina.
Está la parejita Rivadavia, dos que van escuchando radio Rivadavia en altavoz, casi siempre los engancho con el programa de Nacho Ortelli. Casi no se hablan, al menos eso percibo en el pequeño instante en el que los cruzo, pero van juntos, a buen ritmo y me gusta la idea de salir a caminar con tu pareja después de 30 años, un matrimonio en el que me gustaría proyectarme. El enojo es porque los temas siempre son de derrota pero tampoco me gusta prejuzgar, porque las personas son mucho más complejas que una simple primera impresión. Vivimos una era un poco aburrida, nadie está dispuesto a pensar un poco más allá de lo que ya venga escrito en un tuit o en alguna sentencia más o menos eficaz. A Darío Lopérfido le pasó un poco eso, se murió y para la mayoría el que se murió fue el derrotado de un reelcito de Instagram en donde Martín Kohan lo sopapea holgadamente. Lo vi tantas veces ese video que pierde la eficacia. Ahora se viene la temporada alta de proyección de ese reel, si existiera algo así como un SADAIC de los reels de Instagram Kohan ya se hubiera comprado 3 departamentos.
También está el linyera contradictorio, lo bauticé así porque se parece al abogado Bernardo Beccar Varela. Cuando me lo cruzo pienso en cómo habrá pasado la noche, en cómo sigue su día, su rutina. Me acordé de que a Leila Guerriero la putearon hace poco por una columna sobre este tema, lo que nos pasa por el costado, pero no la leí, me apabulló el hateo así que decidí olvidarla.
Hay varios personajes más, el “Muchacho Olimpia”, uno que siempre tiene camisetas de Olimpia de Paraguay, el “Loco Chaleco”, uno que corre en cueros pero con un chaleco de runner y que, por supuesto, tiene cara de loco. También me cruzo a la chica Carioca, que es Sol y que a veces usa la remera que se compró en Rio y que me hubiera gustado comprarme yo también. Cuando nos cruzamos con la chica Carioca chocamos las manos y seguimos y yo sigo pensando en ella un rato más.
El trabajo nuevo me deja poco tiempo para correr a la mañana. En realidad no es tan poco, pero yo necesito al menos tres horas para todo la ceremonia: una primera hora es de deliberación sobre si voy a salir a corre o no, vestirme, ajustar la riñonera y las zapatillas, acomodar la medias, putear un poco porque no me quedan bien y porque no me compré otras, seguir deliberando sobre la posibilidad de no ir, dudar sobre el clima, analizar si el tiempo perdido hasta ahora no obligará a que en realidad tenga que apurarme demasiado o correr menor, y al final por ahí mejor no correr, porque al fin y al cabo qué importa estar corriendo, para qué lo hago, no pasa nada si no lo hago, nadie me obliga. Después hay una hora de la actividad propiamente dicha, y la tercera hora es de bañarse, comer algo, vestirse, quejarse de los dolores, desear ser millonario para acostarse a dormir la siesta o ir al cine a ver el documental de Lucrecia Martel, y después tomar algo con la Chica Carioca, comer esa comida de los restaurantes que uno nunca se hace.
Con el nuevo trabajo de la mañana, tener apenas una sola hora para todo hace que sea de resolución improbable. A mi me gusta hacerlo así, tres horas completas todo el asunto, con la parte de las quejas y de los sueños. Crecer es amigarse y aceptar las formas propias de hacer las cosas.
Tengo más cosas para decir que pensé mientras corría: sobre los perros que entran a los bares o al shopping, que te pasean el hocico o te plumerean con la cola arriba de tu medialuna, o sobre los veterinarios que ahora encontraron la veta de alargar la vida de las mascotas para que el dueño no sufra, entonces ahora hay quimioterapia para perros, o transfusiones de sangre, diagnósticos ultraprofesionales cuando el perrito ya no quiere más, todo un universo nuevo para evitar algo que antes era más sencillo: un dolor real, un duelo de cabotaje, un pozo en el patio y chau.
O sobre la instagramización del mate, cada vez más seguido me aparecen reels de tipos que arman un mate, como si fuera una ciencia de laboratorio, explican todo el procedimiento, que no es ni digno de ser llamado procedimiento, porque no hay nada que inventar. Correr la yerba un poquito, la famosa montañita, echar el agua (fría, tibia, caliente, qué más da, tampoco es tanta la diferencia), y cebar el mate.
No obstante hay reels de una cantidad exasperante de vistas que me llevan a pensar que en realidad tiene que haber una trampa. Ni hablar de los sommeliers de yerba, que te usan las palabras del vino para definir el producto. Una cosa es mejorar la materia prima, que no te perfore el intestino de la acidez, hasta ahí te lo acepto, y otra cosa es que te tomen por boludo con el asunto de la clasificación de los sabores. De nuevo, miles de reels, miles de vistas. Qué cosa adictiva el éxito al pedo.
Los otros diarios
Estoy leyendo, por fin, La Novela Luminosa, pero voy muy muy despacio, creo que lo voy a terminar a mitad de año, con suerte. Tengo mucho trabajo y tengo sueño casi todo el tiempo. Será un semestre de sueño. Los análisis me dieron todos bien, para un hipocondríaco como yo es una buena señal.
Vi Los Años Nuevos, me gustó pero me volvió la idea de que odio ver series, incluso cuando están buenas, como en este caso. Al sexto capítulo me agarra la angustia de la mitad del camino, todo lo que ya vi, tantas horas, y todo lo que falta, y me digo para qué me meto en esta, siempre lo mismo.
Hice una lista con canciones argentinas medio indies que podrían haber musicalizado los capítulos. Creo que lo que más me gusta en la vida es elegir canciones. Está en un hilo de Twitter, acá.
Diario de la ortodoncia
Vacío, irresoluto, procrastinado. Es un tema para charlar en terapia. No poder tomar la decisión, dudar entre los tratamientos. Es muy difícil así.
Tengo más cosas para decir pero no se me ocurrieron corriendo, así que dejo acá. Bastante bien igual para arrancar la semana
Nos vemos la próxima.
Así hubiera musicalizado yo el final del capítulo 1 de Los Años Nuevos.







Si tu rutina se modificó, mi ritual de lectura de sábado también. Igual, me gusta la sorpresa de abrir el correo y que haya un mail con una publicación nueva, en cualquier dia y horario. Que bueno leerte otra vez. Abrazo desde un pueblito bonaerense.
Leerte me pone a funcionar el cerebro en una época de cerebros un poco adormecidos. Gracias por eso.